Hoy he cenado con una amiga, madre soltera de un hijo de un año. Mi amiga, que es monísima, que ha sido compañera de risas y de juergas, que ha podido tener siempre al tío que le diera la gana porque además de guapa es lista y encantadora, al final ha tenido un hijo con un padre catastrófico. Justo lo que más miedo me da a mí, dada mi tendencia a salir con tíos catastróficos en el pasado.
Mi amiga se equivocó. Creyó que ella podría cambiar al padre de su hijo. Y no se puede, la gente no cambia. El padre del hijo de mi amiga es un tío asquerosamente egoísta, y además ha demostrado ser un completo gilipollas. Pero… Es del tipo de tío que nos gusta(ba) a las tías como mi amiga y como yo: raro, distinto, problemático, inalcanzable en el sentido de que nunca se puede “llegar” a ellos. Cuando la veo en la situación en la que está, me parece verme reflejada en un espejo: no, yo no soy tan guapa, no soy tan encantadora, y a lo mejor no tan lista… Pero sí he sabido aplicar la inteligencia en una cosa: nunca, nunca, le daré a mis hijos un padre catastrófico. Por ahí sí que no paso. Eso sí que no.
El caso es que lo que quería contar(me a mí misma) es que mi amiga me comentaba esta noche que hace más de un año, desde que nació su hijo, que no sale. Porque cuando ha salido, alguna vez, ya no aguanta a los tíos. Les ha cogido asco, manía, piensa que todos son iguales, que no merecen la pena; y cuando sale y “le entra” un tío le dan ganas de abofetearle y correrle a gorrazos. Yo no he llegado a eso, pero sí que me he vuelto descreída: si “me entra” un tío, en el fondo a la derecha, pienso que él piensa únicamente en eso, y que ni de coña, y que ya estoy harta de ese jueguecito y de aguantar idioteces de tarados, qué pereza, de verdad.
En cambio, tengo otra amiga, que llega mañana invitada unos días aquí: y está en la situación contraria. Se muere por tener un novio, se siente fracasada por no haberse casado (ejem, oportunidades no le han faltado, al último le plantó a semanas de la boda). En realidad se siente fracasada por no haber encontrado ”su media naranja”, por no haber tenido suerte en el amor. La última vez que lo intentó, se equivocó: fué con un tío que no merecía la pena, “bajó el listón”, y está angustiada pensando que igual se pasó su tren, y ahora sólo quedan despojos por ahí. Razón no le falta, porque “el mercado” está fatal.
Bueno, yo hasta ahora tampoco he tenido suerte. Y me encuentro en una situación intermedia entre estas dos amigas: la verdad es que no me hace ninguna falta tener pareja para sentirme realizada, y estoy tan feliz así. Pero también cansa muchísimo esto de estar “en el mercado”, es agotador, y te vuelve muy cínica.