Una de las diferencias que alimentan el debate entre los progres y los liberales es la concepción que tienen de la naturaleza humana.
Simplificando mucho, los progres defienden contra viento y marea -y contra la evidencia científica- la doctrina de la “tabla rasa”. Todos somos iguales, pero igualitos, oye: y es solamente el entorno el que influye en el mayor o menor desarrollo intelectual, social y económico de una persona.
Yo creo que una cosa es que todos nazcamos con los mismos derechos, y otra cosa muy distinta -y que nada tiene que ver- es que todos nazcamos con las mismas capacidades. Porque para nada: yo soy una negada para cantar ópera, y por mucho que se me hubiera estimulado cuando era un bebé nunca me habría podido convertir en una Maria Callas. Ella nació con ese don; yo no.
Al igual que hay gente que nace con un don para cantar arias sin desafinar, hay gente nace más inteligente que otra. Y gente que nace más sensible. Y gente que nace más buena, más deportista, más trabajadora, más generosa, más desprendida o al contrario: más egoísta, más mentirosa, más perezosa, más jeta. Es que es así, y cualquiera que haya estado en contacto con niños lo sabe: la educación, el entorno, permite moldear hasta cierto punto a una persona: pero sólo hasta cierto punto. El niño que nace ordenado, es ordenado (mi hermano); mientras que yo, que soy una desordenada patológica, siempre he sido así, a pesar de los esfuerzos de mi madre para corregirme.
Supongo que a los progres les asusta reconocer que existen diferencias entre individuos por el miedo a que se pueda hacer un uso sexista, racista, clasista o cualquier otro -ista del tema. También, porque va en contra de toda su doctrina del colectivismo, conductismo, y su oposición al elitismo y la meritocracia, que tantas barbaridades ha deparado (véase Pol Pot, la revolución cultural china y el Gulag). Y por eso, niegan la mayor: todos somos tablas rasas, si alguien delinque es porque creció en un entorno hostil, no se le educó convenientemente, está influido por un entorno propicio para la violencia, etc. Y por tanto, la culpa es de la sociedad en su conjunto, y es la sociedad la que tiene que reinsertar al individuo, al coste que sea: nadie nace siendo asesino, ladrón, estafador o mentiroso: es el mundo el que le ha hecho así, como a Janette rebelde sin causa.
Pero… Ay, ay, ay. Que no: que los psiquiatras llevan décadas hablando de los psicópatas irrecuperables. Que hay gente que no siente remordimientos, ni culpa, ni nada que se le parezca. Que nacieron así, y no cambiarán. Muchos de los asesinos de ETA son sociópatas y psicópatas irrecuperables. Pero ahora se nos pide que miremos a otro lado, que perdonemos, que hay que recuperarles para la sociedad. Pues yo no quiero olvidar ni perdonar. Y además no tengo la culpa de que el psicópata del asesino de Miguel Angel Blanco y otros tantos haya seguido su vocación innata. Ni yo, ni la sociedad. La culpa la tienen sus genes, que le hicieron así. Y no tiene solución.
La igualdad de derechos y oportunidades y el progreso de la sociedad no tienen absolutamente nada que ver con que todos nazcamos iguales. Esto no tiene por qué justificar el sexismo ni el racismo ni el clasismo: se ha demostrado que son los individuos los que nacen distintos, no las agrupaciones de esos individuos que queramos hacer, atendiendo a diferentes características de los mismos. Una vez más, pienso que son los individuos los que tienen derechos y obligaciones, no los colectivos ni los grupos de individuos. Por eso estoy en contra de la discriminación de cualquier clase, positiva o negativa.
Hay un libro estupendo, que me estoy leyendo sobre el tema; es de Steven Pinker, y su título es el de este post. Lo recomiendo.