El viernes pasado la chica que me estaba haciendo la cera en las axilas me dijo que si había notado que tenía un bulto en el pecho. Pues no, no lo había notado. Y supongo que me tenía que haber hundido en la miseria, acojonado, asustado, llorado y pataleado… Pero no: no sé por qué no estoy asustada. Igual porque venía un fín de semana muy intenso y no quería estropeármelo a mí misma con preocupaciones.
El fín de semana, al final, ha sido un desastre. Y mañana es lunes, y tendré que afrontar el problemilla. Hacerme pruebas, asustarme, acojonarme y rezar para que no sea nada…
Soy tan tonta que ni siquiera se lo he contado a nadie. He decidido adoptar una actitud fatalista: si es malo, de nada sirve preocupar a los demás. Si no es nada, tampoco. Y lo mismo me aplico a mí misma. Y qué extraño es eso en mí, que soy tan dada a comerme la cabeza con cualquier chorrada.
Lo que tenga que ser, será… (pero no sé por qué sigo sin estar preocupada, qué rara me estoy volviendo).