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La Tabla Rasa

Agosto 8, 2006

Una de las diferencias que alimentan el debate entre los progres y los liberales es la concepción que tienen de la naturaleza humana.

Simplificando mucho, los progres defienden contra viento y marea -y contra la evidencia científica- la doctrina de la “tabla rasa”. Todos somos iguales, pero igualitos, oye: y es solamente el entorno el que influye en el mayor o menor desarrollo intelectual, social y económico de una persona.

Yo creo que una cosa es que todos nazcamos con los mismos derechos, y otra cosa muy distinta -y que nada tiene que ver- es que todos nazcamos con las mismas capacidades. Porque para nada: yo soy una negada para cantar ópera, y por mucho que se me hubiera estimulado cuando era un bebé nunca me habría podido convertir en una Maria Callas. Ella nació con ese don; yo no.

Al igual que hay gente que nace con un don para cantar arias sin desafinar, hay gente nace más inteligente que otra. Y gente que nace más sensible. Y gente que nace más buena, más deportista, más trabajadora, más generosa, más desprendida o al contrario: más egoísta, más mentirosa, más perezosa, más jeta. Es que es así, y cualquiera que haya estado en contacto con niños lo sabe: la educación, el entorno, permite moldear hasta cierto punto a una persona: pero sólo hasta cierto punto. El niño que nace ordenado, es ordenado (mi hermano); mientras que yo, que soy una desordenada patológica, siempre he sido así, a pesar de los esfuerzos de mi madre para corregirme.

Supongo que a los progres les asusta reconocer que existen diferencias entre individuos por el miedo a que se pueda hacer un uso sexista, racista, clasista o cualquier otro -ista del tema. También, porque va en contra de toda su doctrina del colectivismo, conductismo, y su oposición al elitismo y la meritocracia, que tantas barbaridades ha deparado (véase Pol Pot, la revolución cultural china y el Gulag). Y por eso, niegan la mayor: todos somos tablas rasas, si alguien delinque es porque creció en un entorno hostil, no se le educó convenientemente, está influido por un entorno propicio para la violencia, etc. Y por tanto, la culpa es de la sociedad en su conjunto, y es la sociedad la que tiene que reinsertar al individuo, al coste que sea: nadie nace siendo asesino, ladrón, estafador o mentiroso: es el mundo el que le ha hecho así, como a Janette rebelde sin causa.

Pero… Ay, ay, ay. Que no: que los psiquiatras llevan décadas hablando de los psicópatas irrecuperables. Que hay gente que no siente remordimientos, ni culpa, ni nada que se le parezca. Que nacieron así, y no cambiarán. Muchos de los asesinos de ETA son sociópatas y psicópatas irrecuperables. Pero ahora se nos pide que miremos a otro lado, que perdonemos, que hay que recuperarles para la sociedad. Pues yo no quiero olvidar ni perdonar. Y además no tengo la culpa de que el psicópata del asesino de Miguel Angel Blanco y otros tantos haya seguido su vocación innata. Ni yo, ni la sociedad. La culpa la tienen sus genes, que le hicieron así. Y no tiene solución.

La igualdad de derechos y oportunidades y el progreso de la sociedad no tienen absolutamente nada que ver con que todos nazcamos iguales. Esto no tiene por qué justificar el sexismo ni el racismo ni el clasismo: se ha demostrado que son los individuos los que nacen distintos, no las agrupaciones de esos individuos que queramos hacer, atendiendo a diferentes características de los mismos. Una vez más, pienso que son los individuos los que tienen derechos y obligaciones, no los colectivos ni los grupos de individuos. Por eso estoy en contra de la discriminación de cualquier clase, positiva o negativa.

Hay un libro estupendo, que me estoy leyendo sobre el tema; es de Steven Pinker, y su título es el de este post. Lo recomiendo.

Brindis

Agosto 1, 2006

Miami es una fiesta.

http://www.miami.com/mld/elnuevo/15169130.htm

Conozco un poquito Miami, y este verano tenía oportunidad de ir otra vez. Me daba un poco de pereza repetir… Pero ahora me están entrando ganas.

Y, contrariamente a lo que muchos creen, no todos los exiliados cubanos en Miami son ricos o ex-ricos. Son legión, y me pareció admirable como se ayudaban unos a otros, y cómo hablaban de Estados Unidos con agradecimiento por haberles acogido. Pero vamos, admirable. Recuerdo en especial a un camarero del hotel Biltmore, que nos estuvo contando toda su experiencia. Era un “balsero”. Y cuando llegó, no tenía a nadie. Pero sus compatriotas le ayudaron: le acogieron en una casa, le ayudaron a buscar trabajo, a salir adelante. Y él se sentía en la obligación de ayudar a los que llegaban, como a él le habían ayudado.

Nunca he comprendido cómo a los presuntos progres de aquí no se les caía la cara de vergüenza al justificar el régimen de Castro. Ojalá alguno de ellos hubiera podido hablar con aquel camarero del Biltmore, y escucharle sin prejuicios.

Dicen que aquí mucha gente brindó con champagne el día que murió Franco. Dicen que allí mucha gente brindará también el día que muera Fidel.

Daños colaterales

Julio 25, 2006

Copio un artículo del NYT de hoy, del columnista John Tierney. Para Hezbollah, a diferencia de Israel, los “daños colaterales” ni existen, ni se les espera: su objetivo declarado es matar civiles.

Esa es la gran diferencia, de fondo y de forma. Por eso desde la izquierda se insiste tanto en que Israel es un estado “terrorista”. Y por eso las palabras de Pepiño Blanco declarando que uno de los objetivos de Israel es matar civiles son tan despreciables, y tan graves. O también puede ser (no lo descarto) que es tonto y no sabe encontrar esa diferencia. No sé qué es peor.

Aquí el artículo:

To Hezbollah, there is no such thing as “collateral damage” from its missiles. Israel keeps telling the world that its army aims only at military targets, but Hezbollah doesn’t even pretend to. Its soldiers proudly fire away at civilians.

These terrorists consider themselves men of honor, and unfortunately they are — by their own definition. We in the West can call them barbaric, which they also are, but they’re following an ancient social code, even if we can’t recognize it anymore.

The best guide to this code is James Bowman’s new book, “Honor: A History,” which is not a quaint collection of stories about dueling noblemen in Heidelberg. If the obsession with defending one’s honor seems remote now, it’s not because the urge has disappeared. We’ve just forgotten how powerful it is.

In the West we’ve redefined “honorable” as being virtuous, fair, truthful and sincere, but that’s not the traditional meaning. Honor meant simply the respect of the local “honor group” — the family, the extended clan, the tribe, the religious sect. It meant maintaining a reputation for courage and loyalty, not being charitable to enemy civilians. Telling the truth was secondary to saving face.

This “tyranny of the face” continually frustrates Westerners trying to understand the Middle East. When I interviewed villagers in Iraq, I discovered we usually had separate agendas: I wanted the facts, but the villager wanted to avoid embarrassing either of us. So he would tactfully search for the answer that would both please me and not dishonor his family.

When American tanks rolled into Baghdad, Western television viewers were astonished at the sight of the Iraqi information minister steadfastly denying that anything was going wrong. But it made sense from a traditional honor system. The only thing worse than being defeated is the shame of admitting defeat.

He was just following the strategy of Sir Lancelot when the knight was accused of adultery with Guinevere, King Arthur’s wife. Everyone, including Lancelot, knew the accusation was true, but Lancelot insisted on fighting his accusers — and after he defeated them, he proclaimed that his victories proved his innocence. He had saved face; therefore he must be honorable.

Lancelot’s strategy, as Bowman explains, ultimately didn’t work because his traditional view of honor was going out of fashion, made obsolete by the influence of Christianity. Instead of might-makes-right, Christianity preached turning the other cheek. Instead of according special honors to an elite class of men, it preached egalitarianism and love toward strangers. It emphasized inner virtue, not outward glory.

The result was a new honor system in the West, chivalry, that was an uneasy combination of Christian virtues and knightly violence. Eventually, with the decline of the aristocracy and the rise of the bourgeois and democracy, the system evolved into what Bowman calls honor-by-merit, epitomized by the Victorian ideal of the gentleman who earns his reputation by working hard, playing fair, defending the weak and fighting for his country.

The problem today, as Bowman sees it, is that the whole concept of defending one’s honor has been devalued in the West — mocked as an archaic bit of male vanity or childish macho chest-thumping. But if you don’t create a civilized honor culture, you risk ending up with the primitive variety.

“The honor system in Arab culture is the default honor system, the one you see in street gangs in America — you dis me, I shoot you,” says Bowman, a scholar at the Ethics and Public Policy Center. “We need a better system that makes it honorable to be protective of those who are weaker instead of lording it over them.”

When you’re confronted with an honor culture like the one in the Middle East, there are two rules to keep in mind. One is that you are not going to placate the enemy with the kind of concessions that appeal to Western diplomats. “Hezbollah is fighting for honor, to humiliate the enemy, not for any particular objective,” Bowman says. “Israel has no choice in what it’s doing. Nothing short of victory by either side will change anything.”

The other rule is that you’re not going to quickly transform an honor culture. The Iraq war was predicated on the assumption that democracy would turn Iraqis into loyal citizens with new civic virtues. But for now the old loyalties to tribes and sects still matter more than any universal concept of justice. The men would rather have honor than peace.

Horror en Bombay

Julio 11, 2006

Me acabo de enterar. Más de cien muertos, cientos de heridos. Qué horror.

Conocí poco Bombay, sólo pasé un par de días allí: el suficiente para hacerme una vaga idea. Es una ciudad surrealista. Esa maravillosa playa, el collar de la reina, atestada de gente que vive allí, en la playa…  Un parque maravilloso donde todos los hindúes de clase alta hacían footing y caminaban a buen paso las señoras con lujosos saris y zapatillas de deporte. El barrio de los lavanderos, miles de personas lavando ropa de forma frenética. Bombay es una ciudad de grandes contrastes: el lujoso hotel Taj Majal, que se lo construyó un abuelo de los Tata para poder entrar en el hotel más lujoso de Asia sin que los ingleses le vetaran la entrada; la Puerta de la India; los buitres volando siempre en círculos, acechando las horribles torres donde los zoroastros dejan a sus muertos (es una imagen espeluznante: se trata de una religión en la que, al contrario que los hindúes, que creman a los muertos, se mantiene la tradición de que los muertos sean devorados por los buitres. Y allí están, en el cielo de Bombay los buitres dando vueltas). Las chabolas a la puerta de la pista de aterrizaje del aeropuerto (se puede ver uno de los enormes barrios de chabolas de Bombay desde la ventanilla del avión, impresiona: es que se ve a la gente). No sé, tengo muchos recuerdos de Bombay. Me quedé, sobre todo, con la sensación de que es un lugar de esperanza, donde muchos indios van a intentar mejorar sus condiciones de vida. Me gustó.

Pobre India, qué remedio más difícil tiene. Y encima, cada dos por tres, un atentado salvaje como éste. Qué injusto. Qué cruel.