Poco me ha durado la juerga…
Hay veces que una retirada a tiempo vale un imperio. Y mi imperio es mi dignidad. Hasta aquí hemos llegado, este es el límite, estas son las líneas rojas que he marcado. Que nadie las traspase, porque no lo consentiré. Ya no.
No soporto a los resentidos: resentidos sociales, resentidos porque tú no les hiciste caso, resentidos en general. Esta noche me ha tocado sentarme en la misma mesa que un resentido en toda regla: un antiguo amigo, antiguo rollo, antiguo, antiguo. No se da cuenta de que ya no puede tratarme así. No se da cuenta de que ya no soporto, ya no tengo por qué soportar su resentimiento. No se da cuenta de que ya no somos los que éramos, y que las cosas han cambiado. Que él tiene su vida, que a mí me parece muy lamentable, pero con la que es feliz. Que yo tengo mi vida, y que yo no tengo la culpa de haber nacido en la familia que he nacido, de haber tenido suerte (o habérmelo currado) en el trabajo, de no ser una chupóptera y de no necesitar de enchufes ni de novios ricos.
En ciertas cosas se nota que la gente es resentida: hablábamos, y se quejaba de la chica que trabaja en su casa, limpiando. En una actitud completamente racista, denigratoria, se quejaba de que “esta gente” viene aquí y se aprovecha del personal. Que quería una española, que ya estaba harto de chicas extranjeras, que no son lo mismo. Se quejaba de que a la chica que va a limpiar a su casa, y a la que paga 8 miserables euros la hora, la llamaban por teléfono y perdía tiempo. Le he afeado su actitud, diciéndole que a todos nos llaman cuando estamos trabajando, a todos. Que esa pobre chica estaba trabajando para ganarse la vida, y que no la podía tratar con ese desdén, con esa superioridad. Que en mi casa toda la vida hemos tenido chica, y es como de la familia. Que hay que ser más comprensivo. Que igual que a él no le gustaría que le tratasen así en el trabajo, cómo se atrevía a tratar así a una pobre chica extranjera que estaba aquí para ganarse la vida con un trabajo tan duro.
Me ha dicho que según yo, y los que piensan como yo (o sea: los que hemos cometido el horrible pecado de votar al PP), lo que querríamos es incinerar a todos los inmigrantes (¡¡¡¡!!!!), y que claro: como a mí me sobra el dinero, me da igual que la chica que limpia en mi casa pierda el tiempo, pero que a él le duele en el alma cada euro que le paga. Y yo, muy digna, le he dicho que se había pasado tres pueblos, y que quien estaba siendo racista, xenófobo y clasista era él. Y me he levantado de la mesa, y me he ido. No ha sido sólo por lo de esta noche, la verdad es que mi relación con este resentido de la vida hace mucho que estaba deteriorada: él no me perdona que mi familia tenga pelas y la suya no, no me perdona que yo tenga un buen trabajo y él no, y tampoco me perdona que él me tirara los tejos y yo no le hiciera caso, mira tú.
Piensa que la vida ha sido injusta con él, y no se da cuenta de que el único que ha sido injusto con él ha sido él mismo, por vago y por jeta. En la época del colegio mayor era, de todos los amigos, el que mejor vivía con diferencia. El que más salía, el que más viajaba, el que tenía una nevera, tele y equipo de música en su habitación, el que más gastaba. Era un tío muy divertido, rey de todas las fiestas, simpático, bonachón, buena gente. Con los años, se fué amargando. Sus padres, que más tarde descubrimos que eran bastante humildes, le estaban pagando esa vidorra que se pegaba con grandes sacrificios. Y hubo un día que le cortaron el grifo. Entonces, empezó a cambiar. Empezó el resentimiento, la envidia, el mal rollo.
Ni yo ni ningún otro le tuvimos envidia cuando era él el que vivía como un rey y los demás no. No recuerdo jamás haberme sentido ni superior ni inferior a nadie por eso: en un colegio mayor convives con gente de todo tipo, gente con muchas pelas y gente con beca. Gente a la que sus padres, con más o menos posibles, les pasaba más dinero, y gente, como yo, cuyos padres veían la vida de otra forma, y no podían o no querían que vivieras como un maharajá. Yo tenía, y sigo teniendo, amigos que estaban forrados, forradísimos: pero vivían de una forma normal, discreta, estándar. Y otros que tenían de todo: coche último modelo, ropa de diseño, fiestas, de todo. Nunca sentí envidia ni resentimiento por no tener todo eso, ni me sentí inferior a nadie, ni pensé que la vida fuera injusta conmigo porque yo no pudiera irme de compras por Ortega y Gasset, como hacían mis amigas. Era muy consciente, porque así me lo habían hecho ver, de que era una privilegiada: estaba estudiando una carrera universitaria, estaba en un colegio mayor. Si quería tener más pelas de las que mis padres me podían dar, daba clases particulares, cuidaba niños o ponía copas en un garito. Punto.
Me hace gracia: porque este tío, aparte de estar enchufado y trabajando de interino prácticamente desde que acabó la carrera, es un viva la virgen legendario: de esas personas que no ven absolutamente nada raro ni inmoral en que “les fichen” los compañeros para cumplir con sus horas de trabajo “obligatorias”, que compagina dando clases en una universidad privada (enchufa do también), cuando se supone que tenía que estar trabajando en ese puesto donde está de interino. Pero claro, que la chica que le va a limpiar la casa, y a la que paga 8 miserables euros la hora, la llamen por teléfono cuando está limpiando su casa… Ufff.
Claro está: vota al psoe, porque es de los “suyos” (es decir, da igual la ideología: se trata de un tema de clase. Porque para él es normal explotar a una inmigrante, es normal estar enchufado, es normal que te fichen en el trabajo, es normal todo: el caso es vivir como un rey trabajando lo mínimo, de eso se trata). Y es un progre de libro, de los que van dando lecciones de moral a los demás, y habla de lo chorizos y reaccionarios que son los del PP (siempre los del PP, claro: es el tema de la viga). Manda huevos.
Bueno, el caso es que no aguanto a los resentidos. Y este tío llevaba ya mucho tiempo tocándome la moral, así que hasta aquí hemos llegado, bye bye y que se vaya con su resentimiento a otra parte.
Y que curre, que la vida no le debe nada a nadie. Y si no ha tenido la suerte de nacer en una familia rica, como era su sueño, para hacer el vago bien, mala suerte, mira tú. Sobre todo para los demás, que somos los que, con nuestros impuestos, pagamos el sueldo que él no se gana, por muy enchufado que esté.