Archivos de la categoría ‘Personal’

Montaña rusa

Septiembre 15, 2006

Ayer fué un día completito. En general, ésta semana está siendo completita. Pero bien completa, la verdad.  He vuelto muy zen, y esperaba seguir igual de zen al menos durante una temporada.

Hace tiempo tuve una historia con un compañero de trabajo (gran error, y único error: nunca antes había ocurrido, y espero que nunca más vuelva a tener una historia con un compañero de trabajo, es un gran gran marrón). Y ahora resulta que, por aplicación de la ley de Murphy, tenemos que trabajar juntos en un tema.

En su día, cuando pasó, a mí me dió subidón. A todas las tías nos da subidón cuando empezamos una historia con alguien, de lo contrario no la empezaríamos. No existe eso de enrollarse con alguien y que no te importe. Siempre te importa, por lo menos al principio. Luego, si ves que el tema no avanza, se enquista, o no mola, se te quita el subidón, y o bien le multiplicas por cero (si el subidón ha sido considerable, es lo mejor), o pasa a ser amiguete (raro, raro, raro. Sólo en los casos en los que el subidón ha sido limitado), o pasa a ser operario (subidón controlado. Nada recomendable, te vuelves muy cínica). Toda esta teoría se vuelve mucho más complicada si es un compañero de trabajo, lo de multiplicarle por cero se hace difícil. No te queda más remedio que tragarte las ganas de mandarle a la m… y poner buena cara, mantener las distancias, las apariencias y el buen rollo.

Lo que pasa es que a mí ya se me ha pasado el subidón, estoy en fase de bajada vertiginosa. Y claro, como suele ocurrir, en cuanto el tío ve que tú pasas, es a él al que le da el subidón. El instinto de cazador, es que nunca falla, qué simples son los tíos (no todos, pero la mayoría sí) a veces.

Qué pereza, de verdad. Con lo tranquila y lo zen que yo estaba. Y las pocas ganas de montaña rusa que traía.

Lo de Osuna

Agosto 30, 2006

Hace tiempo un amigo médico me contó una anédota que me horrorizó: fué a atender a un moribundo, y estaban allí todos los hijos. Cuando certificó la muerte del señor, los hijos… brindaron con champagne. Me quedé espantada: ¿qué hijo puede alegrarse de la muerte de un padre, por malo que éste haya sido?

Pues… después de la última historia de maltrato que ha salido a los medios, el hijoputa de Osuna que se ha cargado a su mujer y a su hija embarazada, ya lo sé, lo entiendo, y hasta me parece bien: los hijos de este salvaje se alegrarán el día que este individuo deje de hacer daño.

Porque es que hay gente tan mala que lo único que sabe hacer bien es provocar sufrimiento. Y cuánto sufrimiento habrá generado este psicópata: miedo, chantaje, amenazas, horror. Y más aún viniendo de un padre. Qué espanto.

Y cuántas familias habrá pasando por ese miedo a que un día de las amenazas se pase a los hechos. Que sólo conocemos las amenazas que se cumplen. Y cuántas familias habrá que no quieran denunciar a un padre (o madre) maltratador, porque es su padre.

A palabras necias, oídos sordos

Julio 31, 2006

Quien ama a los hombres, es amado por ellos; quien los respeta es, a su vez, respetado. Supongamos que que alguien se porta con nosotros de una forma descortés o grosera; si somos prudentes, lo primero que debemos preguntarnos es si con anterioridad hemos cometido alguna descortesía con dicha persona o si hemos sido injustos con ella; su actitud hacia nosotros debe de tener algún fundamento. Caso de que lleguemos a la conclusión de que no hemos cometido ninguna injusticia contra tal persona, sino que nos hemos mostrado siempre con ella bondadosos y corteses, debemos seguir analizando las posibles causas de su actitud descortés o grosera. Si somos prudentes, debemos reflexionar si hemos cometido la menor incorrección en nuestra conducta. En el supuesto de que tampoco hayamos cometido incorrección alguna, entonces la descortesía o grosería del ofensor carece totalmente de fundamento y el hombre prudente, ante tal situación, debe concluir: ” este hombre no es más que un extravagante y un necio; en nada se diferencia de una bestia, en cuyo caso, ¿por qué debe preocuparme la actitud o actos de una bestia?”.

Lo dijo Confucio, aunque en realidad no estoy muy segura de la fuente (el google, es lo que tiene).

Lo que sí dijo, y es lo que yo andaba buscando es “No contestes a una palabra airada replicando con otra de igual tenor. Es la segunda, la tuya, la que seguramente llevará a la riña“.

Y cuánta razón tiene; en principio, parece que quien origina la riña es quien ataca primero. Sin embargo, es verdad que si tú no respondes, no habrá riña.

Pues eso.

Resentidos

Julio 29, 2006

Poco me ha durado la juerga…

Hay veces que una retirada a tiempo vale un imperio. Y mi imperio es mi dignidad. Hasta aquí hemos llegado, este es el límite, estas son las líneas rojas que he marcado. Que nadie las traspase, porque no lo consentiré. Ya no.

No soporto a los resentidos: resentidos sociales, resentidos porque tú no les hiciste caso, resentidos en general. Esta noche me ha tocado sentarme en la misma mesa que un resentido en toda regla: un antiguo amigo, antiguo rollo, antiguo, antiguo. No se da cuenta de que ya no puede tratarme así. No se da cuenta de que ya no soporto, ya no tengo por qué soportar su resentimiento. No se da cuenta de que ya no somos los que éramos, y que las cosas han cambiado. Que él tiene su vida, que a mí me parece muy lamentable, pero con la que es feliz. Que yo tengo mi vida, y que yo no tengo la culpa de haber nacido en la familia que he nacido, de haber tenido suerte (o habérmelo currado) en el trabajo, de no ser una chupóptera y de no necesitar de enchufes ni de novios ricos.

En ciertas cosas se nota que la gente es resentida: hablábamos, y se quejaba de la chica que trabaja en su casa, limpiando. En una actitud completamente racista, denigratoria, se quejaba de que “esta gente” viene aquí y se aprovecha del personal. Que quería una española, que ya estaba harto de chicas extranjeras, que no son lo mismo. Se quejaba de que a la chica que va a limpiar a su casa, y a la que paga 8 miserables euros la hora, la llamaban por teléfono y perdía tiempo. Le he afeado su actitud, diciéndole que a todos nos llaman cuando estamos trabajando, a todos. Que esa pobre chica estaba trabajando para ganarse la vida, y que no la podía tratar con ese desdén, con esa superioridad. Que en mi casa toda la vida hemos tenido chica, y es como de la familia. Que hay que ser más comprensivo. Que igual que a él no le gustaría que le tratasen así en el trabajo, cómo se atrevía a tratar así a una pobre chica extranjera que estaba aquí para ganarse la vida con un trabajo tan duro. 

Me ha dicho que según yo, y los que piensan como yo (o sea: los que hemos cometido el horrible pecado de votar al PP), lo que querríamos es incinerar a todos los inmigrantes (¡¡¡¡!!!!), y que claro: como a mí me sobra el dinero, me da igual que la chica que limpia en mi casa pierda el tiempo, pero que a él le duele en el alma cada euro que le paga. Y yo, muy digna, le he dicho que se había pasado tres pueblos, y que quien estaba siendo racista, xenófobo y clasista era él. Y me he levantado de la mesa, y me he ido. No ha sido sólo por lo de esta noche, la verdad es que mi relación con este resentido de la vida hace mucho que estaba deteriorada: él no me perdona que mi familia tenga pelas y la suya no, no me perdona que yo tenga un buen trabajo y él no, y tampoco me perdona que él me tirara los tejos y yo no le hiciera caso, mira tú.

Piensa que la vida ha sido injusta con él, y no se da cuenta de que el único que ha sido injusto con él ha sido él mismo, por vago y por jeta. En la época del colegio mayor era, de todos los amigos, el que mejor vivía con diferencia. El que más salía, el que más viajaba, el que tenía una nevera, tele y equipo de música en su habitación, el que más gastaba. Era un tío muy divertido, rey de todas las fiestas, simpático, bonachón, buena gente. Con los años, se fué amargando. Sus padres, que más tarde descubrimos que eran bastante humildes, le estaban pagando esa vidorra que se pegaba con grandes sacrificios. Y hubo un día que le cortaron el grifo. Entonces, empezó a cambiar. Empezó el resentimiento, la envidia, el mal rollo. 

Ni yo ni ningún otro le tuvimos envidia cuando era él el que vivía como un rey y los demás no. No recuerdo jamás haberme sentido ni superior ni inferior a nadie por eso: en un colegio mayor convives con gente de todo tipo, gente con muchas pelas y gente con beca. Gente a la que sus padres, con más o menos posibles, les pasaba más dinero, y gente, como yo, cuyos padres veían la vida de otra forma, y no podían o no querían que vivieras como un maharajá. Yo tenía, y sigo teniendo, amigos que estaban forrados, forradísimos: pero vivían de una forma normal, discreta, estándar. Y otros que tenían de todo: coche último modelo, ropa de diseño, fiestas, de todo. Nunca sentí envidia ni resentimiento por no tener todo eso, ni me sentí inferior a nadie, ni pensé que la vida fuera injusta conmigo porque yo no pudiera irme de compras por Ortega y Gasset, como hacían mis amigas. Era muy consciente, porque así me lo habían hecho ver, de que era una privilegiada: estaba estudiando una carrera universitaria, estaba en un colegio mayor. Si quería tener más pelas de las que mis padres me podían dar, daba clases particulares, cuidaba niños o ponía copas en un garito. Punto.  

Me hace gracia: porque este tío, aparte de estar enchufado y trabajando de interino prácticamente desde que acabó la carrera, es un viva la virgen legendario: de esas personas que no ven absolutamente nada raro ni inmoral en que “les fichen” los compañeros para cumplir con sus horas de trabajo “obligatorias”, que compagina dando clases en una universidad privada (enchufa do también), cuando se supone que tenía que estar trabajando en ese puesto donde está de interino. Pero claro, que la chica que le va a limpiar la casa, y a la que paga 8 miserables euros la hora, la llamen por teléfono cuando está limpiando su casa… Ufff.

Claro está: vota al psoe, porque es de los “suyos” (es decir, da igual la ideología: se trata de un tema de clase. Porque para él es normal explotar a una inmigrante, es normal estar enchufado, es normal que te fichen en el trabajo, es normal todo: el caso es vivir como un rey trabajando lo mínimo, de eso se trata). Y es un progre de libro, de los que van dando lecciones de moral a los demás, y habla de lo chorizos y reaccionarios que son los del PP (siempre los del PP, claro: es el tema de la viga). Manda huevos.

Bueno, el caso es que no aguanto a los resentidos. Y este tío llevaba ya mucho tiempo tocándome la moral, así que hasta aquí hemos llegado, bye bye y que se vaya con su resentimiento a otra parte.

Y que curre, que la vida no le debe nada a nadie. Y si no ha tenido la suerte de nacer en una familia rica, como era su sueño, para hacer el vago bien, mala suerte, mira tú. Sobre todo para los demás, que somos los que, con nuestros impuestos, pagamos el sueldo que él no se gana, por muy enchufado que esté.

Sustitutos

Julio 29, 2006

Aunque me moleste reconocerlo, la verdad es que le sigo echando de menos. Y más aún en días como hoy, en los que es más evidente para mí lo mucho que me estoy perdiendo. No importa: no se puede luchar contra los elementos. No importa. Pero me molesta seguir dándole vueltas a la cabeza, seguir pensando en una persona con la que no funcionó. O igual es eso, que no sé si funcionó o no, porque ni siquiera nos dimos tiempo para saber si funcionaría o no.

En días como hoy, me pregunto qué hubiera sido de mi vida si hubiera seguido con él. Cómo se hubiera integrado con mis amigos, qué pensaría de ellos y de ellas, de cómo piensan, de cómo viven… Y al revés. Qué pensarían ellos de él. Es una prueba de fuego, la de superar una reunión familiar o de amigos que son como tu familia. Y me lo imagino.

Creo que le doy demasiada importancia a lo que piensan los demás. Pero es que es importante. Soy una persona muy social, y muy sociable. Y me encanta estar con gente, y estar a gusto. Y la famosa frase de “no te veo con él” o “no te pega nada”, o “no tenéis nada que ver” para mí es demoledora, sobre todo si quien me lo dice me conoce bien.

Eso sí: no debería ser tan severa conmigo misma, porque… También tengo amigas, y amigos, que tienen parejas que me alucinan o me alucinaban, con quien yo pensaba que ni de coña, y al final lo único que me ha importado es que fueran felices, y que les hicieran felices. 

Y por tonta, ahora estoy aquí, echándole de menos y pensando qué hubiera pasado si… Pero no se puede luchar contra los elementos. Y tampoco me quería tanto, si no luchó por mí, y se rindió enseguida. Si me hubiera querido, hubiera comprendido mis inseguridades y mis miedos, y se habría quedado conmigo. No me quería tanto… En cambio yo, creo que sí le quería. Porque tanto tiempo después, le sigo echando de menos. He tenido rollos, y líos, y tonterías, y le sigo echando de menos y sigo pensando en él. Todavía no lo he superado. Y qué pena me da saber que él sí lo ha superado, y ya probablemente ni pensará en mí. Porque cada día que pasa es un día que confirma la sentencia de muerte de un amor que parecía tan… Pero que no era más que un espejismo. Uno más.

Así que habrá que irse por ahí a “repartir ilusión”, como dice un buen amigo mío. Coquetear es un buen sustituto del amor, sobre todo si es sin sexo: es lo más parecido que existe. Te sube la autoestima, y te hace olvidar que has fracasado otra vez. Quedarte en casa lamiéndote las heridas funciona el primer mes, luego hay que poner remedios, los que sean.

Miedos

Julio 25, 2006

Ningún amor es eterno, ni incondicional: ni siquiera el de tu familia de sangre. Se puede dejar de querer a un padre, igual que se puede dejar de querer a un hijo. Que no vengan padres o hijos indignados a decirme que eso es imposible, porque de imposible nada: padres y madres catastróficos los ha habido siempre, y los seguirá habiendo; así como hijos catastróficos, hermanos catastróficos y amigos catastróficos, y amores catastróficos y destructivos. Se puede dejar de querer a un hermano, a un amigo, y al amor de tu vida. Ningún amor es eterno. Ningún amor es incondicional. Para querer a alguien, ese alguien se tiene que dejar querer. Y para que te quieran, te tienes que dejar querer.

Hay personas que tienen una actitud claramente agresiva/defensiva/destructiva en su relación con los demás, una forma insana de relacionarse con los que les rodean. No pueden evitar hacer daño a los demás, ya que así se reafirman: al hacer daño y percatarse del daño que hacen se demuestran a sí mismos el cariño que se les tiene, es una forma nociva y destructiva de auto-afirmación. Pero eso tiene un límite: el daño que puedes hacer es limitado. Cada vez que haces daño llenas un vaso que, un buen día, se llena y rebosa. Cuando el vaso rebosa, ya nada se puede hacer: está lleno, y no hay forma de vaciarlo. Toda gota que cae es ya inútil, sobra: el vaso ya está lleno, no lo puedes llenar más.

Hay personas empeñadas en demostrarse a sí mismas y a los demás que no se les quiere, o que no se les ha querido. Y con esa actitud, lo único que consiguen es precisamente lo que tanto empeño tienen en demostrar: que se les dejes de querer, y que incluso se dude del amor que alguna vez se les tuvo. Porque ningún amor es eterno, ni incondicional. Ninguno. Por muy grande que éste haya sido.

Si te empeñas en demostrar que alguien no te quiere, y para ello te dedicas a torpedear el amor que se te tiene, lo único que conseguirás es eso: que te deje de querer. Y si haces eso, algún problema debes tener: porque siempre es mejor ser querido o haberlo sido, ¿no? ¿Por qué ese empeño que tienen algunas personas en demostrar que no se les quiere o no se les ha querido? ¿No será que son ellos quienes no corresponden a ese amor, y se sienten culpables por ello? ¿Es por eso por lo que quieren destruir el amor que se les tiene o se les ha tenido?

Yo misma alguna vez he tenido esa actitud auto-destructiva, por eso la reconozco tan bien cuando la veo en los demás. Y me da un miedo, una inseguridad terrible darme cuenta de lo que se puede llegar a destruir. Y que, igual que yo puedo dejar de querer a quien tanto quise y de forma tan incondicional, también me pueden dejar de querer a mí.

Meteduras de Pata

Julio 11, 2006

Ayer metí la pata. O más bien la pezuña.

Hace unas semanas metí la pata también. Y ayer volví a repetir la experiencia con la misma persona. Metedura de pata total. Además, con el agravante de que me había propuesto ir de Reina de los Mares. Pues vaya Reina de los Mares estoy hecha.

Ya no puedo hacer nada: lo hecho, hecho está. Sólo me queda rezar (sí, yo todavía rezo) para que, al menos, no se sepa. No soporto que hablen de mí a mis espaldas, sobre todo si se trata de intimidades.

El alcohol, el miedo a la soledad y la vanidad son muy malos consejeros. Y hacen que metas la pata, y hagas lo que no debías hacer: lo que en realidad ni siquiera querías hacer. ¿Total, para qué? He puesto en peligro mi reputación (sí, me sigue importando mi reputación, sobre todo entre compañeros de trabajo), me he saltado mis reglas, hasta mis sentimientos. No siento nada, ayer tampoco lo sentía, y aún así metí la pata. ¿No me valía con sentirme halagada? ¿No se podía haber quedado ahí? ¿Por qué soy tan tonta, si tanto me arrepentí la otra vez que metí la pata, de volver a cometer el mismo error? En parte, creo que también fué por satisfacer mi orgullo herido.  

Sólo una cosa buena saco de lo de ayer: haber descubierto que quien yo pensaba que era buena, aunque un poco tonta, es más bien mala y manipuladora, pero muy lista. Tan lista es la tía que se hace la tonta de una forma sublime. Y que lo de dime con quién andas… es una verdad como un templo. Así que lo de ayer me acabó de abrir los ojos, para siempre además. No le volveré a ver. No iré a la cena del sábado. No volveré a ponerme en situación de volver a meter la pata. No me voy a vengar, ni lo voy a decir, es que ni siquiera me lo planteo. Me enteré de lo que me enteré por pura casualidad, así que ¡¡lo aprovecharé!! Para mí quedará. 

La otra vez que metí la pata fuí legal, y se lo conté todo. Pensaba que tenía derecho a saberlo, como amiga suya que era y porque me cabía la duda de estar interponiéndome, de que aunque entre ellos no hubiera nada, ella podía sentirse herida. Ahora la que se siente herida y utilizada soy yo. Por haberme dejado manipular por ese ser tan egocéntrico, tan egoísta, tan incapaz de ver más allá de su nariz. Pero qué pronto se descubre a los manipuladores, las mentiras tienen las patas muy cortas.

Pero vamos: que metí la pata, y lo reconozco. No volverá a pasar. Y esta vez de verdad. Porque para soportar a una persona como esa hace falta ser como ella. Y yo hace ya mucho tiempo que decidí que los malos quedaban fuera de mi vida. Y los tontos, también. Y me da rabia haber metido la pata con un malo-tonto que es amigo de una persona tan superficial, tan insoportable, tan mezquina. Porque para ser amigo de alguien así, una de dos: o eres como ella, o eres tonto. Y yo creo que es tonto.

Buena suerte

Julio 10, 2006

Llevo unos días tremendos, tremendos.

Tanto mi padre como mi madre (¡¡los dos, y por separado!!) han tenido sendos accidentes de coche, siniestro total (el coche) en ambos casos. Y no les ha pasado nada, milagrosamente, a ninguno de los dos.

Solo puedo pensar en la suerte tan grande que hemos tenido.  Hoy no doy para más.

Dispersa

Julio 6, 2006

Ayer quedé con unas amigas a las que hacía mucho que no veía. De hecho, una de ellas está embarazada ¡¡de siete meses ya!! y yo era la primera vez que la veía desde que me lo dijo.

 …Y todo sigue igual. Las centradas, siguen centradas. Las descentradas, siguen (seguimos) descentradas. Yo conté mis historias de los últimos meses (no todas, hay una que no puedo contar), y me dijeron que “por lo menos mi vida era divertida”. ¿¡¡¡Divertida!!!? Pues… no precisamente. Yo creo que querían decir algo así como que era bueno que te pasen cosas: que te enamores, te desenamores, tengas problemas en el trabajo, los dejes de tener, te guste uno que no te hace caso, le gustes a uno al que tú no haces caso, problemas familiares, personales, vitales… Pues sí. Mi vida sigue siendo la misma, me siguen pasando cosas. ¿Por qué? Pues… por eso, porque estoy descentrada, dispersa.

Estoy dispersa. Y son tantos años de estar dispersa, que estoy empezando a pensar que ese es mi estado natural de equilibrio: la dispersión. Pero no veas lo agotador que es. Con la vida tan tranquila que lleva la gente.